sábado, 22 de diciembre de 2018

LA ROTONDA


NO ES UN CUENTO DE NAVIDAD



El frío se reflejaba en su cara. No nevaba y tampoco había un muñeco de nieve con bufanda y nariz de zanahoria. Estaba aterido de frío, y no era solo porque los termómetros marcaban las temperaturas más bajas de ese invierno.

Sus lágrimas recorrían sus mejillas. Un viejo anorak enfundaba su cuerpo abatido de tantos errores en su vida. Los guantes de lana cubrían sus manos encallecidas de tantas horas de idas y venidas en la carretera.

Bajo una farola, un banco de hierro, y un grado de temperatura envolvían en medio de una helada a un hombre que vivía en soledad, una y otra vez, todos sus recuerdos.


El parque era el único lugar del mundo para expiar todos sus pecados. Sin saber por qué, una vez más, volvía a encontrarse solo, después de las oportunidades que la vida le había ofrecido.

El ensordecedor silencio hacía que sus pensamientos le pusieran voz a un paisaje, donde, ni los habitantes habituales del entorno rondaban a la noche. Patos, palomas, roedores y todos los insectos que componían la fauna del entorno celebraban a su manera ese 24 de diciembre.

Mientras él, una y otra vez, se lamentaba por lo sucedido.
El alcohol arruinó su vida en uno de los momentos más importantes. Lo tenía todo. Una buena compañera, un trabajo que conocía a la perfección y una pequeña que contaba muy pocos meses. Sus hermanos le adoraban, aunque en la adolescencia le habían tenido que ayudar en más de una ocasión, por las malas compañías y sobre todo por su frágil personalidad. A él le gustaba divertirse y el alcohol siempre estaba presente en sus fiestas de fin de semana, hasta que se convirtió en algo crónico. Tuvo la suerte de que sus padres y sus hermanos le ayudaron a desintoxicarse. Lo pasaron muy mal con él. Pero entre la insistencia y las ganas de curarse llevaron a buen puerto algo que podía haber arruinado su vida a tan temprana edad.

Su familia y la vida le habían dado una nueva oportunidad. Él la supo aprovechar. Construyó un futuro. Se enamoró, tuvo una hija y se esforzó para ser uno de los mejores en su trabajo.

Pero a los pocos meses de nacer su hija, su empresa cerró y se quedó en la calle —como muchos en los tiempos que corren─. Con una hipoteca a cuesta, una hija con pocos meses y una mujer que tampoco trabajaba… Él empezó a buscar trabajo en su profesión y no hubo suerte. Así, que tuvo que reinventarse después de tantas idas y venidas. Currículum de allí para acá, hasta que encontró una empresa de transporte que después de varias entrevistas le abrió sus puertas a su futuro. Esto fue en el mes de septiembre. Todos en casa estaban muy contentos. Él después de adaptarse a las nuevas circunstancias, consiguió empatizar con los trabajadores del nuevo trabajo, incluso con los propios jefes que lo tenían en gran estima.

Llegaron los días previos a las fiestas de Navidad y, como en casi todas las empresas, celebraron la habitual cena de de estos días. Todo fue a pedir de boca. Entremeses variados, pescado al horno y el postre, los deliciosos y variados turrones y pastelitos navideños. Él en ningún momento bebió alcohol. Sus brindis fueron con refrescos o agua. Pero la noche fue más allá…

Los jefes de la empresa quisieron seguir con la fiesta en un lugar donde el baile y las copas fueron protagonistas. Los compañeros y los propios jefes lo animaron para que se tomara una copa. Él argumentaba que no le gustaba la bebida. Nunca en su empresa dijo que había sido alcohólico. Al final, entre risas, anécdotas y buen rollo, él sucumbió, y se tomó la primera copa. Después, la segunda y ya no había forma de parar entre villancicos y bailes. Él volvió a fracasar sin saber cuáles podían ser las consecuencias. Había perdido el control.

La fiesta seguía, y uno de los jefes le propuso tomarse la penúltima, a lo que accedió. Del lugar de copas fueron a otro y después a otro… Al final de la madrugada, en una rotonda, cerca de casa, un control de la Guardia Civil los detuvo. Lo sometió a una prueba de alcoholemia. Triplicaba la tasa de alcohol.

Eso le supuso cometer un delito a la Seguridad del tráfico, por lo que fue privado al derecho a conducir. Algo que con tanto ahínco y esfuerzo se había ganado con el tiempo. Solo bastó una noche para que el castillo de naipes se derrumbara.

Al no poder conducir, la empresa lo despidió y volvió a quedarse en la calle. Y su problema con el alcohol volvió a emerger en su vida.
Después de todo tuvo suerte esa noche, no provocó ningún accidente. Posiblemente, la Guardia Civil al pararlo evitó que su vida y la de los demás quedaran sobre el asfalto en una carretera. La noche podría haber terminado peor.

Las cosas en casa no pudieron ir peor, el alcoholismo, la pérdida del trabajo le llevaron a tener que abandonar su hogar, nadie podía perdonarle su nueva irresponsabilidad.
Había que levantarse de nuevo, había que resurgir de las propias cenizas, las de un hombre destrozado, hundido, que allí debajo de esa luz fría del parque, una Nochebuena, donde la mayoría de las familias tenían algo que celebrar, él solo podía celebrar otro gran fracaso en su vida. Hubiera deseado que desde uno de los rincones del parque alguien hubiera obrado un milagro y que todo aquello hubiera sido una mala pesadilla. Pero, incluso en estos días de celebración, donde las familias se reúnen en busca de la felicidad, los milagros no existen si se trata de conducir bebidos. Lo único realmente reseñable es no beber si tienes que conducir y estoy seguro, que él, hubiera podido haber cambiado su realidad. Hoy podría haber cenando con su mujer, su hija y su familia.

Si estamos instalados en el camino de la felicidad, mejor será que vivamos la mejor de nuestras realidades.

Cada uno de nosotros somos dueños de nuestro propio destino.

Queridos todos, con afecto y respecto, FELIZ NAVIDAD.

Pepe Bejarano
todomotornoticias@gmail.com


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Solo comentarios relacionados con la información de la página.