domingo, 12 de enero de 2020

CEDA EL PASO


                               “NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO”


                               

Aunque su lema oficial fue “La Era de los Descubrimientos”,  el título de este artículo también se utilizó para referirse a la Exposición Universal de Sevilla de 1992, conocida como “Expo 92” o “la Expo”. Tuvo una duración cercana a los seis meses: comenzó el 20 de abril y finalizó el 12 de octubre, fecha del V Centenario del Descubrimiento de América, y el escenario del magno acontecimiento fue el recinto de la Isla de la Cartuja.


Pero “la Expo” no apareció por ensalmo. En enero de 1987 comenzaron a rodar las máquinas en la Isla de la Cartuja cerca del Puente del Patrocinio. Al mismo tiempo, se acometieron un sinfín de obras de infraestructuras y accesos en la ciudad y en sus aledaños. Los cortes de calles, totales o parciales, entorpecieron la normal circulación de vehículos con las consiguientes colas en las que había que armarse de paciencia. Por poner un ejemplo, yo trabajaba en Nervión y mi conyuge en el Parque Alcosa. Salíamos de nuestra vivienda en el barrio de la Macarena a las siete de la mañana y regresábamos a las once de la noche, con el tiempo justo para cenar y retirarnos a descansar… Había que madrugar al día siguiente. Eso nos hizo tomar una decisión, teníamos que trasladar nuestra residencia a la barriada en la que mi esposa desempeñaba su trabajo… Compramos un piso sin ascensor en un bloque de cuatro plantas y azotea transitable.

El lunes 30 de diciembre del pasado año 2019, salimos antes del amanecer para emprender un viaje a Algeciras donde íbamos a despedir el año. Con cierta precipitación, por no llegar tarde a la parada del autobús, bajamos los escalones con el equipaje y miramos de soslayo la puerta del ascensor recién instalado, pero aún sin funcionar. Sobre el mediodía, caminábamos por territorio británico, todavía dentro de la Comunidad Europea… “Los científicos creen que los macacos de Gibraltar o los monos de Berbería, fueron introducidos como mascotas por los árabes, aunque existen otras teorías. Extraoficialmente, es considerado el animal nacional de la colonia, un símbolo al que todos conocen como los monos de Gibraltar”. El guía sin facciones definidas, con chaquetón azul marino y alargada silueta nos llevó a la cueva de San Miguel en la cima del Peñón. Allí apareció la primera manada de macacos. Reanudamos nuestro recorrido y continuaron apareciendo simios por doquier. Algunos eran dóciles y se paseaban entre los turistas, otros se afanaban en el mutuo aseo y los más traviesos o salvajes arrebataban el bolso, la mochila o el bocadillo a los sorprendidos visitantes.

A continuación, vimos un castillo nazarí del siglo XII —“Este lugar conocido coloquialmente como El Castillo es el núcleo de población más vetusto de este lugar”—, una iglesia del siglo XVII. “Es la Iglesia del Divino Salvador y ahora nos dirigimos al Molino del Conde, finalmente visitaremos el Palacio de los Condes”. El guía seguía dando explicaciones con su voz cavernosa. “Castellar de la Frontera está en el Parque Natural de los Alcornocales, en la llamada Ruta del Toro y es una población de la provincia de Cádiz”.

 —Claro con razón se han esfumado los monos, es que ya no estamos en El Peñón —comentamos algo confundidos.
 Subimos al autobús para continuar la ruta y mi cuerpo adormecido comenzó a levitar. De pronto, desperté… Todo había sido un sueño, un bonito sueño.

Ese viaje estaba previsto, pero, por circunstancias que no vienen al caso, se canceló. Movido por la curiosidad, la noche del día 29 de diciembre, conecté el portátil y, entrando en Internet, hice un recorrido por las visitas programadas. Cuando me fui a la cama el sueño se apoderó de mí en pocos segundos, y el subconsciente me trasladó a un mundo de placenteras ensoñaciones que desembocaron en un relajado despertar. El día 30, como de costumbre, me levanté temprano y continué con la lectura de “La ruta infinita” una obra de José Calvo Poyato, publicada recientemente, que cuenta como Magallanes y  de Elcano con cinco embarcaciones y 239 hombres “buscando un paso, una ruta y confirmando una sospecha dieron la Primera Vuelta al Mundo”.

Sobre las cinco de la tarde, llegó el técnico de la empresa que centra su actividad en soluciones de movilidad. Después de manipular con profesionalidad y sobrados conocimientos el mecanismo de la máquina durante unos diez minutos, puso el elevador al servicio de la Comunidad… Ya podía ser utilizado por todos los vecinos… El viaje al Campo de Gibraltar fue un sueño, pero la llegada del ascensor “no fue un sueño”, fue una tangible realidad y, sin ánimo de hacer comparaciones con la magnitud de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, tampoco se instaló en nuestro bloque por ensalmo.

Con mis mejores deseos, feliz y saludable recorrido por el año 2020.

Fernando Monge
fmongef@gmail.com
12/enero/2019


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