domingo, 28 de junio de 2020

CEDA EL PASO


ALARDEA, QUE ALGO QUEDA



No, no me he equivocado. Sé que la expresión conocida por todos, y recogida en los textos y en el refranero, dice otra cosa: “Calumnia, que algo queda” y precisamente por ahí vamos a comenzar. Ese dicho llegó a nosotros de la pluma del escritor y filósofo inglés Francis Bacon. En su obra “De la dignidad y el crecimiento de la ciencia”, publicada en el siglo XVII, aparece de la siguiente manera: “Calumniad con audacia; siempre quedará algo”. Y para concluir esta introducción, debemos decir que Bacón bebió en la fuente de un antiguo dicho latino.



Si en cualquier época, ese refrán ha sido irrefutable, hoy en día, con la proliferación de las redes sociales y la falta de rigor en ciertos medios de comunicación, los efectos de la calumnia pueden ser devastadores para la persona o entidad que la sufre. Si se proponen desprestigiar a un político, a un cantante o a una empresa es seguro que lo consiguen. Cuidado, no estamos hablando de las denuncias por malversación, estafa, pederastia… basadas en argumentos y hechos reales con pruebas fehacientes. Eso no es calumnia, y hay que sacarlo a la luz para que caiga todo el peso de la ley sobre los culpables… Por el bien de la convivencia.

La calumnia, como todo el mundo sabe, es acusar con engaño por parte del interesado acusador. Si mi rival político, aunque esté en el mismo partido, parece que está recalando en la sociedad por sus buenas maneras, su capacidad para gobernar, sus políticas sociales…, pues allá que voy a buscar si tiene por ahí un primo segundo que en cierta ocasión, al parecer, cometió un fraude. Si el cantante de moda me está eclipsando, busco a ver si, cuando comenzaba en la música, realizó algún plagio. Si mi marca de automóvil ha bajado el volumen ventas y está perdiendo dinero, arremeto contra la competencia: Son muy caros, los sistemas de seguridad no funcionan como debieran, los motores no tienen la potencia necesaria, las emisiones de CO son altas o están trucadas…  Y si alguien me está quitando protagonismo, comienzo a maquinar contra él todas las mentiras que se me ocurran… Después de todas esas espurias intenciones, no hay desmentidos que valgan, o al menos que valgan por completo… Siempre quedará algo.

Y ahora, vamos con el enunciado del artículo: “Alardea, que algo queda”. El ser humano, cuando quiere ocultar sus flaquezas, se alaba a sí mismo buscando siempre el aplauso. Podemos considerar, por tanto, el alarde como un defecto con el que cualquier persona presume de sus riquezas, de sus habilidades, de su sabiduría con la única finalidad de lograr el reconocimiento de los demás y, en ocasiones, hasta la envidia de algunos… Hay gente para todo… ¿Y eso es malo?... No, no es malo si la cosa se queda en lo que hemos expuesto. Cada cual allá con sus presunciones.

Lo malo es que los alardosos no se conforman, en la mayoría de los casos, con vanagloriarse de lo que tienen y caen en un inevitable: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Es decir, que ya puestos, presumen de lo no tienen, y aquí es donde aparece la dimensión negativa de estos individuos porque, en sus trabajos o en sus ambientes sociales, se enorgullecen de su capacidad para gestionar, aunque no estén muy duchos en esos menesteres; presumen de ser hábiles redactores de textos, aunque tengan pocos conocimientos de la expresión escrita y muestren una feble ortografía… Además, como leen poco, no saben interpretar los escritos… Y uno de sus principales defectos es apropiarse de los méritos de los demás si las cosa van bien, claro, como si fuesen los artífices de todos los proyectos que se ciernen a su alrededor… ¿Y qué tiene eso de malo?... Pues que dan noticias tergiversadas, con el consiguiente perjuicio de los fines propuestos; que adelantan acontecimientos, contraviniendo la razonable prudencia y, como tienen su público alardea, que algo queda—, crean malestar y diferencias entre las personas que se ven envueltas en sus tejemanejes…

¿Y todo esto tiene algo que ver con la automoción o la Educación Vial? Pues sí, porque, por su ego, son muy exigentes con los demás y muy permisivos con ellos mismos, se consideran los mejores conductores, los más educados, los más prudentes y, por supuesto, los más hábiles… Y dejando a un lado la habilidad, que cada uno tiene la que tiene, suelen ir siempre a velocidades superiores a las permitidas, protestan continuamente: del que sale por la derecha, del que no lo deja salir por la derecha, del que adelanta, del que no se deja adelantar. Suelen dificultar las maniobras de los otros conductores, pues “todos son unos enterados”. Se los llevan los demonios cuando alguien se mete en dirección prohibida, para a renglón seguido meterse ellos… “No pasa nada, solamente son 50 metros, y no viene nadie”.

Si eres su acompañante u oyente ocasional, te pueden confundir, pero si frecuentas su compañía o te subes con ellos más de una vez en el coche que conducen, conocerás de qué pie cojean y lo perniciosos que son para la sana convivencia y para la Circulación Vial.

Con mis mejores deseos, saludos cordiales.

Fernando Monge
28/junio/2020
fmongef@gmail.com

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