domingo, 7 de mayo de 2023

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CEDA EL PASO

 

                          LA CENCERRADA

 




El hombre estaba sentado en un sillón de madera con asiento de enea junto a una de las jambas de la puerta que era la entrada de su humilde casa. Era tan corpulento, que el gran sillón en el que asentaba sus exorbitantes posaderas parecía pequeño. Tenía una enorme cabeza con un rostro inexpresivo y acartonado. Simulaba a uno de esos muñecos de paja que sirven de espantapájaros en los frondosos trigales o que cuelgan de un palo grueso y vertical representando a Judas el Domingo de Resurrección. De repente, levantó su descomunal testa de facciones pequeñas con un atisbo de sorpresa y desagrado. Un ensordecedor ruido había obrado el milagro. ¿Qué ocurría? Una multitud de jovenzuelos y pocas jovenzuelas bajaban por la calle portando capachos encendidos, agitando estruendosos cencerros y los más atrevidos mostrando grotescas cornamentas de las vacas enterradas en el Prado.